
Había una vez un centauro que, como todos los centauros, era mitad hombre y mitad caballo. Una tarde, mientras paseaba por el prado, sintió hambre. «¿Qué comeré? -pensó-. ¿Una hamburguesa o un fardo de alfalfa? ¿Un fardo de alfalfa o una hamburguesa?»
Y, como no pudo decidirse, se quedó sin comer. Llegó la noche, y el centauro quiso dormir. «¿Dónde dormiré? -pensó-. ¿En el establo o en un hotel? ¿En un hotel o en el establo?» Y, como no pudo decidirse, se quedó sin dormir. Sin comer y sin dormir, el centauro enfermó. «¿A quién llamaré? -pensó-. ¿A un médico o a un veterinario? ¿A un veterinario o a un médico?» Enfermo y sin poder decidir a quién llamar, el centauro murió. La gente del pueblo se acercó al cadáver y sintió pena. -Hay que enterrarlo -dijeron-. Pero, ¿dónde? ¿En el cementerio del pueblo o en el campo? ¿En el campo o en el cementerio? Y, como no pudieron decidirse, llamaron a la autora del libro que, como no podía decidir por ellos, resucitó al centauro. Y, colorín, colorado, este cuento nunca se ha sabido que haya terminado.
Al pobre centauro, la razón se la ha jugado, ¿tienes tú la solución para salir de la indeterminación?
Una pista: Si te centras en el problema nunca verás la solución
Publicado por Sergio Miguel Martín el 20 de Julio de 2008 |


