
Al final de los días miraré a través del cristal de mi memoria repasando cada abrazo recibido, cada hora entregada en amar. Tal vez el humo del pecado y el cansancio de mi cuerpo nublen el cristal y no pueda recordar con claridad. Sólo te pido, Señor, que en esos momentos me ayudes a morir en Paz, abandonándome confiadamente a tu abrazo eterno.
Publicado por Daniel Pajuelo Vázquez el 2 de Noviembre de 2007 |

