Juan Bautista, voz, no Palabra

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Comentario a Mc 1,1-8, de san Agustín de Hipona

He aquí dos cosas ordinarias: la voz y la palabra, ¿Qué es la voz? ¿Qué es la palabra? ¿Qué son una y otra cosa? Escuchad algo que tenéis que experimentar en vosotros mismos, siendo vosotros mismos quienes hagáis las preguntas y deis las respuestas. Una palabra no recibe ese nombre si no significa algo. En cuanto a la voz, en cambio, aunque sea solamente un sonido o un ruido sin sentido, como el de quien da gritos sin decir nada, puede hablarse, sí, de voz, pero no de palabra. Supongamos que uno deja caer un gemido: es una voz; o un lamento: es también una voz. Se trata de cierto sonido informe que lleva o produce en los sonidos un cierto ruido, sin ningún significado. La palabra, en cambio, si no significa algo, si no aporta una cosa al oído y otra a la mente, no recibe tal nombre.


Como venía diciendo, si gritas, estamos ante una voz; si dices «hombre» ya estamos ante una palabra, igual que si dices «bestia», «Dios», «mundo», o cualquier otra cosa. He mencionado voces que tienen un significado, no sonidos vacíos que suenan sin decir nada. Así, pues, si habéis percibido ya la distinción entre la voz y la palabra, escuchad algo que os causará admiración en estos dos, en Juan y en Cristo. La Palabra tiene un gran valor, aun si no la acompaña la voz; la voz sin palabra es algo vacío. Digamos el porqué y expliquemos lo dicho, si nos es posible. Supón que quieres decir algo; eso mismo que quieres decir, ya lo has concebido en tu corazón: lo retiene la memoria, lo dispone la voluntad y vive en la mente. Y eso mismo que quieres decir no pertenece a ninguna lengua concreta. Eso que quieres decir y ha sido concebido ya en tu corazón no es propio de ninguna lengua: ni de la griega, ni de la latina, ni de la púnica, o de la hebrea, o de la de cualquier otro pueblo. Es solamente algo concebido en el corazón y dispuesto a salir de él. Como dije, es un algo: una frase, una idea concebida en el corazón y dispuesta a salir de él para manifestarse a quien escuche. De esta manera, en cuanto que es conocida por aquel que la lleva en su corazón, es una palabra, conocida ya para quien ha de decirla, pero aún no por quien ha de oírla. Así, pues, la palabra ya formada, ya íntegra, permanece en el corazón, busca salir de allí para ser pronunciada a quien escuche. Quien ha concebido ya la palabra que pretende decir y que ya conoce en su corazón, mira a quien va a comunicarla… ¿Encuentra que es un griego? Busca una voz griega, con la que pueda llegar al griego. ¿Un latino? Busca una latina para llegar al latino. ¿Un púnico? Busca una voz púnica con que llegar al púnico. Deja de lado la diversidad de los oyentes: aquella palabra concebida en el corazón no es ni latina, ni griega, ni púnica, ni de cualquier otra lengua. Para manifestarse busca la voz adecuada al oyente…

Si con la ayuda de vuestra atención y oraciones, lograse decir lo que pretendo, pienso que se llenaría de gozo quien lograra comprenderlo. Quien no sea capaz de entenderlo, sea compasivo con el hombre que intenta hacérselo entender y suplique la misericordia de Dios. En efecto, hasta lo que estoy diciendo procede de él. Allí en mi corazón, fuente de mis palabras, está presente lo que voy a decir, pero requiere el servicio de la voz para llegar con fatiga a vuestras mentes. ¿Qué decir, pues, hermanos? ¿Qué puedo decir? Ciertamente ya lo habéis captado, ya habéis comprendido que la palabra estaba en mi corazón antes de aplicarla a la voz por la que llegaría a vuestros oídos. Pienso que todos los hombres lo comprenden, porque lo que me acontece a mí acontece a todo el que habla. He aquí que ya sé lo que quiero decir, lo tengo en mi corazón; pero busco la ayuda de la voz. Antes de que suene la voz en mi boca, está retenida la palabra en mi corazón. Así, pues, la palabra precede a mi voz y la palabra está en mí antes que la voz; en cambio, para que tú puedas comprender, llega antes la voz a tu oído, a fin de que la palabra se insinúe a tu mente. No hubieras podido conocer lo que había en mí antes de la voz, de no haber estado en ti después de emitida ella. Si Juan es la voz, Cristo la Palabra. Cristo existió antes que Juan, pero junto a Dios, y después de él, pero entre nosotros.

¡Gran misterio, hermanos! Estad atentos, percibid la grandeza del asunto una y otra vez. Me agrada el que entendáis y me hace más audaz ante vosotros, con la ayuda de Aquel a quien anuncio; yo tan pequeño a él tan grande; yo, un hombre cualquiera, a la Palabra-Dios. Con su ayuda, pues, me hago más audaz frente a vosotros y después de haber explicado la distinción entre la voz y la palabra, insinuaré lo que de ahí se sigue. Juan representa el papel de la voz en este misterio; pero no sólo él era voz. Todo hombre que anuncia la Palabra es voz de la Palabra. Lo que es el sonido de nuestra boca respecto a la Palabra que llevamos en nuestro interior, eso mismo es toda alma piadosa que la anuncia respecto de la Palabra de la que se ha dicho: En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba en Dios, y la Palabra era Dios; ella estaba en el principio junto a Dios (Jn 1,1-2). ¡Cuántas palabras, mejor, cuántas voces no origina la palabra concebida en el corazón! ¡Cuántos predicadores no ha hecho la Palabra que permanece en el Padre! Envió a los patriarcas, a los profetas; envió a tan numerosos y grandes pregoneros suyos. La Palabra que permanece envió las voces y, después de haber enviado delante muchas voces, vino la misma Palabra en su voz, en su carne, cual en su propio vehículo. Recoge, pues, como en una unidad, todas las voces que antecedieron a la Palabra y resúmelas en la persona de Juan. Él personificaba el misterio de todas ellas; él, sólo él, era la personificación sagrada y mística de todas ellas. Con razón, por tanto, se le llama voz, cual sello y misterio de todas las voces.

Sermón 288,2-4



Escrito por Daniel Pajuelo Vázquez Bio de  Daniel Pajuelo VázquezEntradas escritas por Daniel Pajuelo Vázquez


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Daniel Pajuelo Vázquez
 
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