“Era el quinto hijo de una familia de nueve hermanos (…). En casa, nada de piedad expansiva y solemne. Sólo cada día la oración de la noche en común, pero es algo que recuerdo claramente y lo recordaré mientras viva. Mi hermana Elena recitaba las oraciones. Demasiado largas para los niños (un cuarto de hora); poco a poco iba aumentando en velocidad, embrollandose, abreviando, hasta que mi padre le decía «vuelve a empezar». Y entonces yo iba aprendiendo que hace falta hablar con Dios despacio, seria y delicadamente. Es curioso cómo me acuerdo de la postura de mi padre. Él, que por sus trabajos en el campo o por el acarreo de madera siempre estaba cansado, que no se avergonzaba de manifestarlo al volver a casa, después de cenar se arrodillaba, los codos sobre una silla, la frente entre sus manos, sin mirar a sus hijos, sin un movimiento, sin toser, sin impacientarse. Y yo pensaba: «Mi padre, que es tan valiente, que manda en casa y tan bien entiende a los dos grandes bueyes, que es insensible ante la mala suerte y no se inmuta ante el alcalde, los ricos y los malos, ahora se hace un niño pequeño ante Dios. ¡Cómo cambia para hablar con Él! Debe ser muy grande Dios para que mi padre se arrodille ante Él y también muy bueno para que se ponga a hablarle sin mudarse la ropa»”
Testimonio de Aimé Duval sj en el libro: ¿Por qué me hice sacerdote? AAVV, Salamanca, 1989.
Publicado por Paco Sales Casanova el 23 de Agosto de 2007 |

