Moisés

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Moisés es para Israel el gran profeta y el mediador de la alianza del Sinaí. Dios por su medio liberó al pueblo de la esclavitud de Egipto y selló con él una  alianza, renovando la que había hecho con Abrahán.

Los israelitas, acuciados por el hambre, bajaron a Egipto y allí prosperaron. Durante 400 años fueron emigrantes en Egipto y se multiplicaron hasta que cayeron en desgracia del faraón. Para entonces ya se habían olvidado del Dios de los padres y de la alianza hecha con Abrahán. Pero el Dios fiel de las promesas no les olvidaba. Dios nunca olvida al hombre.

El libro del Éxodo narra el sufrimiento del pueblo y la iniciativa de Dios para liberarlos y llevarlos a la alianza del Sinaí. De unas tribus de esclavos brotó un pueblo libre. Para ello Dios envía a Moisés, llamado en el episodio de la zarza ardiendo (Ex. 3). El Dios de los padres no es un Dios autista, deseoso tan sólo de ser honrado. Está cerca y en su interior penetran los sufrimientos del pueblo que vivía a la deriva.

La liberación del pueblo por parte de Moisés no fue un camino fácil ni cómodo. El pueblo no estaba preparado para caminar en la fe por el desierto. El don del maná, de las codornices y del agua brotando de la roca, prepararon al pueblo para la alianza. A los tres meses de salir de Egipto, del paso del mar Rojo (Ex. 14. 15-31), Israel acampó frente al Sinaí (Ex. 19).

Dios bajó al monte y lo convirtió en su templo. Allí Dios da a Moisés el don de “las diez palabras” que serán la senda de la vida y las deposita en el corazón del pueblo. Pero el pueblo, apenas establecida la alianza, la quebranta. En ausencia de Moisés, le reclaman a Aarón un dios que fuera delante de ellos. Un dios inerte, un becerro de fundición. Abandonan al Dios de la alianza y se crean su propio ídolo.

Moisés bajó del monte, interviene con dureza, pero intercede por el pueblo: “O perdonas su pecado o me borras del libro que has escrito” (Ex. 32. 32).

Moisés es el gran intercesor: le pide a Dios que siga caminando en medio de ellos. Y Dios renueva la alianza y se proclama compasivo y clemente, paciente y misericordioso, fiel. El amor apasionado de Dios es un amor tan grande que pone a Dios contra sí mismo.


El papel de Moisés fue determinante. Dios lo llamó para ser su profeta, su servidor e instrumento. No fue el pueblo quien eligió a Moisés. Dios lo hizo su representante ante el faraón y su pueblo y también el portavoz del pueblo ante él.
Moisés representa la disponibilidad incondicional de la fe, que implica una actitud de profunda fidelidad y humildad. Dios se complació en Moisés por su humildad: “Moisés era un hombre humilde más que hombre alguno sobre la faz de la tierra (Num. 11. 3) Moisés optó por la fe y caminó en la oscuridad y la prueba del desierto (Heb. 11. 24-27) hasta llevar al pueblo a la tierra prometida.



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