No se perdona por interés, para que, por ejemplo, el otro cambie su manera de ser. Eso sería un cálculo que nada tiene que ver con la gratuidad del amor evangélico. Se perdona a causa de Cristo.
Perdonar supone incluso renunciar a saber lo que el otro hará de ese perdón.
Publicado por María Arias Cabello el 12 de Septiembre de 2007 |

