La grandeza de lo pequeño, testimonio de Elena Pajuelo como prematura

Cristianismo, Testimonio de vida Dejar un comentario
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Cuando tenía 11 años mi hermana Elena, que escribe en este blog, vino al mundo. Las circunstancias de su alumbramiento fueron complicadas, tanto ella como mi madre sufrieron mucho, Elena estuvo a punto de morir. En medio de dificultades inmensas el amor de Dios la rescató. Los médicos no daban crédito.
El curso pasado tras publicar una entrada en su blog relacionado con esto y el trabajo que desempeñaba como enfermera en neonatos sucedió lo inesperado, su testimonio tocó muchos corazones. Le pidieron que compartiera este testimonio en un congreso de medicina perinatal que hubo en Granada la semana pasada. Aquí os lo dejo. Vale la pena escucharlo y compartirlo.

Gracias Señor por la vida de Elena que nos ayuda a reconocer la grandeza de lo pequeño. Concédenos el regalo de vivir dando vida, en actitud agradecida por tanto amor como hemos recibido

La grandeza de lo pequeño
Elena Pajuelo Vázquez. Año 2010

Soy la pequeña de tres hermanos. Cuando mi madre se quedó embarazada, mi hermano Dani tenía ya 11 años y Sara 8. La noticia del nuevo miembro en la familia fue toda una sorpresa, y aunque inesperada, fue bien recibida por todos.

El embarazo fue controlado y sin incidencias, como cualquier embarazo. Un día 24 de Octubre de 1988, un mes antes de lo previsto, mi madre empezó con contracciones. Un tercer embarazo suponía un riesgo añadido, por haber sido los dos anteriores con cesárea. Así que tras consultar con su médico ingresó en el hospital, y después de monitorizarla decidieron practicar cesárea urgente, porque el feto estaba sufriendo.
Nací a las 21.30 de la noche, en el Hospital de la Salud de Valencia. Presentaba un Apgar de 3/7. Tenía distrés respiratorio que iba cada vez más en aumento, por lo que me pusieron oxígeno y me trasladaron de urgencia al Hospital de la Fe.

Mi madre al despertarse de la cesárea no me vio, y nadie le explicó dónde estaba ni qué me había pasado. Ella me cuenta que lloraba desconsolada porque no podía verme mientras estuviera ingresada en el hospital. Cuando llamaba preguntando por mí, las noticias eran pocas y no muy halagüeñas. Fue mi padre el que subió en la ambulancia cuando me trasladaron a la Fe, el que venía día a día a mirarme detrás de ese cristal de la unidad de Intensivos, el que esperaba pacientemente las horas de visita para poder asomarse a la incubadora y tocar esas manitas minúsculas que buscaban calor humano. Mis padres cuentan que estaba llena de tubos, tan pequeñita, tan indefensa.
Las noticias no eran buenas. La primera fue que mis pulmones no funcionaban en toda su capacidad, tenía Membrana Hialina, que vieron en una radiografía al tercer día de vida. Los primeros días 7 días estuve intubada con oxígeno con una FiO2 hasta el 80%.
Al 5º día detectaron un soplo sistólico con sospecha de ductus, pero que se cerró a los días con tratamiento.

Al 8º día comencé con una poliuria intensa, hiponatremia, hipercalcemia, aumento de la tensión arterial y signos de deshidratación. En dos días perdí un kilo y medio de peso. El riñón no funcionaba porque tenía trombosis aórtica en el riñón derecho. A mis padres no les dieron muchas esperanzas. A pesar de que me rehidrataron en altas dosis el pronóstico no era favorable.

Los días que estaba ingresada en la Salud estaba casualmente la Virgen de los Desamparados en la capilla del hospital, la sacan una vez cada cincuenta años. Mi madre y mi padre iban cada día a rezarle, a compartir la oración y el sufrimiento, la incertidumbre de no saber que va a pasar. A veces por mucho que queramos, hay cosas que no dependen de nosotros. Dejarlas en manos del Señor nos da tranquilidad y confianza, él provee y vela por nosotros en cada momento.

Los que creemos en Dios le llamamos milagro, los médicos dicen que fue simplemente fascinante. Sacando fuerza de no sé sabe de dónde, comencé a tolerar la alimentación vía oral a los 10 días. El trombo persisitía pero parecía que yo iba mejorando, a pesar de seguir con tiraje y polipnea. Fui ganando peso y al mes de estar ingresada pesaba 2960, peso y estado de salud adecuado para el alta hospitalaria. El trombo seguía en el conducto de mi riñón derecho, pero parecía estar controlado, así que me mandaron a casa. El recibimiento fue por todo lo alto, para mis hermanos fue toda una fiesta recibir a la hermanita que había estado malita y que habían visto a través de un cristal durante un mes.
Cada semana iba al hospital para radiografías, pruebas, analíticas…para que los médicos comprobaran que mi crecimiento era normal. Estaban realmente asombrados. El trombo desapareció con el tiempo. Y crecí como cualquier niña, entre risas, calidez y rodeada de mi familia.

Abril del 2009. Me levanto por la mañana con algo de nervios, ilusionada, pensando cómo será la sala del hospital dónde voy. Cómo serán las enfermeras, el funcionamiento de la sala, los bebés a los que voy a cuidar. Estoy nerviosa. Durante estos años de prácticas me he ido reafirmando de que esta es mi profesión, y que tengo vocación de cuidar, de dar, de estar cerca de las personas. Cuando empecé la carrera muchos me preguntaban que por qué no Medicina, si tenía nota, si podía aspirar a más. Y yo, sonriente, siempre les decía que no, que yo quería ser enfermera, que era mi vocación. Y que sería la mejor.
El corazón me da un vuelco al llegar a la unidad neonatal, y ver tantos bebés pequeños, cada uno aislado en la incubadora con sus tubos, sondas, sábanas… Me asomo viéndoles la carita, acariciando sus frágiles manos, y me dan ganas de cogerlos y abrazarlos; instinto protector.

Dentro de mí siento contradicción. No merecen sufrir, por qué tienen que estar llenos de tubos, luchando con la vida a cada minuto. Por qué les ha tocado a ellos, por qué… Nadie sabe qué calidad de vida les espera cuando crezcan, qué secuelas quedaran de su prematuridad, y si todo eso merece la pena. Y miro a Roxana, a Martina, a Jose, y me encantaría poder cuidarles hasta que salgan del hospital, verles crecer.
Al llegar a casa uno de esos días de abatimiento, llamo a mi madre, y le cuento mi desconcierto, la sensación de impotencia que siento al ver la fragilidad de la vida. Ella me dice que yo también fui uno de esos bebés, que cómo no acordarse. Sufrieron, pero nunca dudaron en que la vida me empujaría. Cuando cuelgo me quedo bloqueada, vaya sensación. Yo estuve ahí, hace 20 años, al otro lado, en la cuerda floja. Y casualmente ahora soy enfermera y estoy viendo mi imagen reflejada en los bebés, estoy viendo en los padres que pasan las horas allí a mis padres, estoy sintiendo una conexión y una afinidad increíble con todo lo que ocurre allí.

No puedo dejar pasar esto, tengo que escribirlo, tengo que contarlo a alguien. Así que nada más llegar a casa enciendo el ordenador. Las palabras brotan solas, escribo sin saber muy bien el alcance que puede tener y la gente que lo leerá.
El periodo de prácticas pasa volando, y cuando he conseguido asimilar el día a día allí, ya me tengo que ir. Una de las últimas tardes en el hospital, abro el blog en un rato tranquilo de silencio, y descubro varias respuestas, entre ellas las de mi padre y mi hermano. Y me emociono. La enfermera con la que pasaba esa tarde me preguntó qué me pasaba. Le miro, y le señalo el ordenador.

Lo demás vino solo. El blog lo leyó más gente de la que nunca hubiera pensado, y mi testimonio sirvió para padres de prematuros, como un chorro de esperanza, de vitalidad.
Hago balance de este tiempo, de mi corta vida, 21 años. Y me reafirmo en que hay que luchar por todo, dar vida a raudales, sacar lo que llevamos dentro, que es mucho. Descubro a cada paso la grandeza de lo pequeño. Y sé que dentro de mi profesión puedo dar mucho, y ser instrumento de cuidados y paz.



Escrito por Daniel Pajuelo Vázquez Bio de  Daniel Pajuelo VázquezEntradas escritas por Daniel Pajuelo Vázquez


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5 Responses to “La grandeza de lo pequeño, testimonio de Elena Pajuelo como prematura”

  1. 1
    ELENA Says:

    Gracias Elena… yo también fui prematura, de 6 meses y con complicaciones asociadas pero gracias a Dios, a los médicos y a las enfermeras salí adelante. Gracias también por haber buscado y por haberte dejado encontrar por el Señor en tu vocación, sigue haciendo tanto bien a los niños y a los padres que se encuentren contigo.

  2. 2
    Beltrán Says:

    Elena!
    He estado leyendo este enlace que tienes en facebook, y la verdad es que lo que comentas en el blog me ha sonado muchísimo, por no decir demasiado.
    En mi casa, al igual que en la tuya somos 5 personas. Yo soy el mayor de 3 hermanos, detrás viene mi hermana Fátima, y tras ella Ángela. Nosotros al igual que ustedes, nacimos de cesárea, con mi hermana mediana mi madre tuvo un problema porque durante el embarazo se desangró, pero ella seguía con ganas de dar vida, y aunque fue con un poco de riesgo, mi madre se atrevió a tener otro niño… Por aquella época yo era sólo un niño que quería tener otro hermanito, y Dios le concedió a mi madre otro más! Antes de lo previsto, mi hermana vino al mundo, con un pequeño problema de corazón, por lo que en cuanto mi madre dió a luz, le “quitaron” al bebé porque se lo tenían que llevar al Hospital de Jerez… Entonces algunas de mis tías, mi padre etc. se montaron en la ambulancia, cogieron el coche y se largaron con aquella cosilla. Mi padre me suele contar que el no entiende, pero que sin conocer a “aquella personita” en ese momnto hubiera sido capaz de dar toda por ella… Durante unos días mis padres estaban en un desconcierto total, y les pidió a unas monjitas de Santa Ángela de la Cruz que rezaran por ella, y no sólo rezaban, sino que se pasaban horas junto a la incubadora…
    Hoy mi hermana ya tiene 18 añazos, y es una gran persona, tiene que tener sus cuidados y pasarse por el cardiólogo, pero ya todo está bien.
    Gracias a estas hermanitas, hoy tiene el nombre que tiene “Ángela”, y aunque yo siempre quise otro hermanito, esta hermanita que recibí fue una bendición para todos.
    No sabes cuanto me ha alegrado escuchar tu historia y ver la similitud, Porque yo también pienso que hay que luchar en/por la vida

  3. 3
    Adrián Says:

    Simplemente maravilloso… Sólo hay que dejar que resuene en nuestros corazones…

  4. 4
    Lucía Says:

    Me llamo Lucía y también estoy aquí gracias a la tenacidad de mi madre, el respaldo de mi padre y la sabiduría de tantos médicos que me curaron a lo largo de mi infancia. ¡Cada día hay que dar gracias por la vida!…, y sencillamente ser felices por el goce de poder ver, oír, abrazar, besar…

  5. 5
    Carmen Says:

    Querida Elena: Me tenías intrigada, tu sonrisa, sobre todo tu espléndida sonrisa. Tenía que haber una razón especial. El Señor se sirve de lo más pequeño para hacernos ver Su grandeza, y nosotros, ciegos, inmiscuidos en las cosas diarias, las prisas, las tristezas que nos creamos… no lo descubrimos. Por eso necesitamos gente grande, como tú, para estar más cerca de Él, asombrarnos de lo maravillosa que es la vida y dar muchas, muchas gracias. Leeré tu blog todos los días, si fuese necesario, para recordarlo, para buscar razones para levantarme todas las mañanas y saber que es Él el que nos lleva de la mano a donde Él quiera. Un biquiño y gracias, sigue escribiendo, por favor.

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Daniel Pajuelo Vázquez
 
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