Hace aproximadamente un mes José María Salaverri, sacerdote marianista, asistió a su hermano en su camino hacia la otra vida. Comparte con nosotros este testimonio lleno de la mano providencial y tierna de Dios:
Sábado 6 de mayo. Hacía varios días que habían ingresado a mi hermano Emilio en el Sanatorio San Francisco de Asís de Madrid para hacerle una exploración total. No se sentía bien desde hacía algún tiempo, pero nunca le encontraban nada. Incluso llegaron a decirle que era imaginación suya. Cansado, pidió que se le internara para hacerle un chequeo a fondo: “Yo estoy mal y quiero saber lo que tengo”.
Para colmo, unos días después, el 4 de mayo, su mujer, al bajar al parking del Sanatorio, se había caído y roto la mano, el hombro y lesionado el pie; todo por la parte derecha. Le tocó estar en silla de ruedas. Todo hizo que me decidiera a ir a Madrid ese fin de semana. Me llevó un gran amigo.
Apenas llegados, uno de los médicos nos dice que, según los resultados de las pruebas realizadas hasta ahora, la situación es grave. Soy sacerdote y, con toda mi alma, quiero que mi hermano se prepare lo mejor posible a un eventual encuentro con el Señor.
Emilio, setenta y un años, es decir nueve años menor que yo, ha sido siempre una persona de carácter, y muy tesonera en el mejor sentido de la palabra. Ya en el Colegio estaba a la cabeza de la clase. Se empeñó en estudiar ingeniero de caminos, carrera de acceso muy difícil entonces - ¡unas auténticas oposiciones! -, y lo consiguió brillantemente. Trabajó en la constructora Huarte y cía.; dirigió con mucho acierto obras importantes; sabía motivar a las personas a sus órdenes, los obreros le apreciaban por su cercanía. Era además diplomado del IESE. Tenía mucha personalidad y era siempre profundamente honrado. Fue jefe del departamento nacional de construcciones de ‘El Corte Inglés’. Un día, hace años, su matrimonio se deshizo y se volvió a casar por lo civil. No juzgo. Como cristiano sabía que estaba en ‘situación irregular’, pero seguía sabiéndose hijo de la Iglesia…
Le ofrecí darle los sacramentos: penitencia y unción de los enfermos. Lo aceptó muy gustoso. Al final le dije:
- Como es domingo he pedido a las Hermanas del Sanatorio poder decir la misa en tu habitación. Y te daré la comunión…
- No, José Mari, no debo. En mi situación, ya sabes que no debo comulgar. No quiero escandalizar a nadie…
Le expliqué que en este momento la situación era diferente. Que estaba muy enfermo, que era una circunstancia nueva, le hablé de la misericordia…
- De acuerdo - me dijo -, pero lo que me acabas de explicar se lo vas a decir a todos los que asistan a misa.
Así lo hice. Celebramos la eucaristía en familia. Le di la comunión. Al final de la eucaristía, se emocionó y con lágrimas en los ojos, se dirigió a nosotros:
- Os quiero dar las gracias a todos… Esto ha sido como mi otra primera comunión…
Aquello nos dejó hondamente impresionados. Después de muchos años volvía a recibir al Señor. En todo ese tiempo nunca había dejado la misa los domingos, defendía la doctrina de la Iglesia, daba limosnas generosamente. No le gustaba nada que se criticara al Papa, y menos si lo hacía alguien que se decía católico. Sabía que seguía siendo hijo de la Iglesia, que sólo le pedía no comulgar: él obedecía.
Pienso que una actitud así exige mucha humildad, mucha rectitud y mucha personalidad. Y, en el fondo, una fe muy fuerte para mantenerse fiel a las directrices de la Iglesia. Nunca se le ocurrió, como tantos han hecho en circunstancias semejantes, abandonar la Iglesia. Nunca se le ocurrió decir: “La Iglesia exagera, por lo tanto yo comulgo, porque me las arreglo en directo con Dios”. Esto le hubiera parecido una actitud frívola… Comprendía que una actitud permisiva perjudicaba a la larga la seriedad del matrimonio, y aceptaba, por obediencia y por coherencia, el sacrificio de no comulgar.
En realidad muy poco hablaba de esto, y creo que, en su corazón, prefería ponerse en manos de Dios y ser obediente a la Iglesia. Bien sabía, y no sólo por experiencia propia, que la Iglesia no era perfecta, pero sabía ver en ella el misterio de Cristo. Sabía aceptar la verdad, aunque esa verdad le condenara.
Tenía una fuerte personalidad y esta actitud de rectitud fue característica de toda su vida, también en el ámbito profesional. Fue siempre muy honrado: ¡que nadie le viniera con chanchullos!
Murió tranquilamente cuatro días después, el 11 de mayo. Pedí permiso a María José para decir todo esto en la homilía del entierro y del funeral. Me di cuenta que causaba impacto. Se me acercaron a comentarlo varias personas impresionadas… No sé si todo el mundo llega a comprender esta manera de obrar. Pero me parece la actitud de una persona coherente que sabe aceptar la responsabilidad de sus actos.
Estoy todavía impresionado por la cantidad de ‘casualidades’ (¡providenciales!) que se juntaron para que esa “otra primera comunión” final fuera posible. Pero veo en ellas un delicado regalo del Señor a quien, a pesar de todo, quiso ser fiel.
José María Salaverri
(25 de mayo de 2006)
Publicado por Daniel Pajuelo Vázquez el 12 de Junio de 2006 |

