“Inicio del Concilio”. Recuerdos de Benedicto XVI

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El Papa Juan XXIII había fijado para ese día el inicio del concilio con la intención de encomendar la gran asamblea eclesial que había convocado a la bondad maternal de María, y de anclar firmemente el trabajo del concilio en el misterio El Papa y los padres sinodales en la procesión de entrada a la basílica de Jesucristo. Fue emocionante ver entrar a los obispos procedentes de todo el mundo, de todos los pueblos y razas: era una imagen de la Iglesia de Jesucristo que abraza todo el mundo, en la que los pueblos de la tierra se saben unidos en su paz.

Fue un momento de extraordinaria expectación. Grandes cosas debían suceder. Los concilios anteriores habían sido convocados casi siempre para una cuestión concreta a la que debían responder. Esta vez no había un problema particular que resolver. Pero precisamente por esto aleteaba en el aire un sentido de expectativa general: el cristianismo, que había construido y plasmado el mundo occidental, parecía perder cada vez más su fuerza creativa. Se le veía cansado y daba la impresión de que el futuro era decidido por otros poderes espirituales. El sentido de esta pérdida del presente por parte del cristianismo, y de la tarea que ello comportaba, se compendiaba bien en la palabra “aggiornamento” (actualización). El cristianismo debe estar en el presente para poder forjar el futuro. Para que pudiera volver a ser una fuerza que moldeara el futuro, Juan XXIII había convocado el concilio sin indicarle problemas o programas concretos. Esta fue la grandeza y al mismo tiempo la dificultad del cometido que se presentaba a la asamblea eclesial.

Benedicto XVI, Recuerdos del Concilio



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Plena actualidad del Concilio Vaticano II

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Hoy, 11 de octubre de 2012, la Iglesia celebra el 50 aniversario de la celebración del Concilio Vaticano II.
No cabe duda de que a partir de éste, la Iglesia no volvió a ser la misma. El concilio supuso una renovación interior, un deseo de búsqueda de los “signos de los tiempos”, un hacerse más presente en las realidades del mundo; la conciencia de una Iglesia formada por diferentes ministerios y carismas unidos todos en una misma comunión y misión; un compromiso con la realidad humana; una renovación litúrgica, etc.
Como muchos dicen, el CV II fue un nuevo “pentecostés” que trajo grandes ilusiones y esperanzas.
Aunque muchos pensarán que tras 50 años ya está anticuado, sin embargo, habría que leer muy bien los diferentes documentos del Concilio para darse cuenta de la plena actualidad que tienen en nuestra sociedad, y sólo ahora estamos “empezando a descubrir” el sentido de todos ellos.
Momento de alegría y acción de gracias en toda la Iglesia, porque además, con motivo de estos 50 años, comenzamos también el Año de la Fe.

Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del genero humano y de su historia.

Gaudium et Spes 1



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