Saber mirar. Ver (VI)

“Dickinson iba tejiendo otro tipo de épica, basada en  la gloria de lo pequeño, el misterio de lo cotidiano, la universalidad de lo doméstico y de lo privado, la insuperable incomprensibilidad de lo inmediato. Las cosas esenciales de la vida suceden a diario…ante las sucesivas generaciones de ojos que lo saben escrutar, que siempre han sido pocos, ya que se diría que hay que haber nacido con un don especial para saber ver y decir las cosas evidentes”

Juan Marqués en la presentación a

Emily Dickinson, El viento comenzó a mecer la hierba, Nordicalibros

Así te necesito, de carne, mi Señor. Tiempo de Adviento

Así: te necesito
de carne y hueso…

Hombre quisiste hacerme, no desnuda
inmaterialidad de pensamiento
Soy una encarnación diminutiva;
el arte, resplandor que toma cuerpo:
La palabra es la carne de la idea:
¡encarnación es todo el universo!
¡Y el que puso esta ley en nuestra nada
hizo carne su Verbo!
Así: tangible, humano,
fraterno.
Ungir tus pies, que buscan mi camino,
sentir tus manos en mis ojos ciegos,
hundirme, como Juan, en tu regazo,
y – Judas sin traición – darte mi beso.
Carne soy y de carne te quiero.
¡Caridad que viniste a mi indigencia,
qué bien sabes hablar en mi dialecto!
Así, sufriente, corporal, amigo,
¡cómo te entiendo!
¡Dulce locura de misericordia:
los dos de carne y hueso!

(Himno de la liturgia de las horas)