Jesús, evangelio y lugares solitarios

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Los lugares solitarios del evangelio son en la naturaleza, en el monte, en el desierto. También a Jesús le gustaba hacer escapadas en barca, se retiraba de la orilla para introducirse en el interior del mar y tomar distancia de la tierra,  y así estar solo.

En nuestro mundo hay muchos lugares solitarios, silenciosos o sonoros: la orilla del mar con el ritmo de sus ruidos; el silencio plateado de la nieve en invierno; el monte en primavera con los pájaros enamorándose; las riveras de los ríos en invierno ensordeciendo los oídos; la alameda en otoño, hojas que se levantan y chocan sin silencio. Y unos más frecuentes para la vida corriente de la ciudad: la mesa de trabajo con los ruidos del teclado o sin ellos, papeles anotados y en la estantería un montón de recuerdos; el parque al amanecer; la cocina con sus aromas y sabores; la calle de madrugada al ir a trabajar; la soledad del coche envuelta en los ruidos de la ciudad; y el instante de uno solo en el vagón del tren. Todos pueden ser lugares solitarios, ruidosos o no, pero lugares para que fluya el silencio en Dios guardado en el corazón.

Lugares solitarios que faciliten la actitud de retirada del mundo para llegar a la profundidad del contacto con Dios desde lo más íntimo de uno mismo, con la esperanza de que la bondad de Dios abrase el corazón.

Busquemos, como Jesús, el lugar solitario para intentar entrar en la Presencia, y así recibir vida para vivir con la libertad de Jesús practicada por  María, su madre.

Isabel Cano en su blog Orar con una Palabra



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Tu amor me sostiene en el dolor

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Llegan días de dolor, dolor que es sufrimiento. El sufrimiento me empuja al abismo de la soledad, cuanto más sufro más sólo me siento. Nada ni nadie puede cerrar el vacío que se abre ante mí. La incomprensión y la indiferencia de los que me rodean exacerba este sentimiento. Pareciera que todo lo anterior fuera un sueño ingenuo y este dolor fuera la única verdad eterna de mi ser. Sé que sólo lo parece.

Señor, miro tu cuerpo inerte clavado en la cruz, y atisbo a comprender la soledad infinita en la que te encuentras.
Si la soledad del sufrimiento no me devora es porque tu amor, oh Padre, me sostiene. Abrazado a tu cruz quiero gritar a una voz con tu Hijo: “Todo está cumplido“, y con la ofrenda de mi sufrimiento dar a luz la nueva vida.



Escrito por Daniel Pajuelo Vázquez Bio de  Daniel Pajuelo VázquezEntradas escritas por Daniel Pajuelo Vázquez

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